Que notorio signo de nuestro tiempo la gente que va desayunando en el transporte público. Al principio temí que se tratara de una invasión de turistas uruguayos, con sus termos y su mate que los acompañan hasta el baño, pero no. Tiempo después noté que no sólo era mate lo que se desayunaba. Apareció el café con leche, licuados, té verde, té negro, te de rúcula, tostados, medialunas y chipás.
¿que está sucediendo? ¿serán los millenials? No. Ese es un viejo choto como yo. En todo caso puede tener mil años, pero de millenials, nada. ¿Tanta gente habrá hecho el curso de administración del tiempo? Yo hice ese curso y me lei los Siete Hábitos de la gente altamente efectiva, y no recuerdo que dijera nada de tomar el desayuno mientras uno viaja apretujado en un bondi o en el subte. Por eso sigo desayunando en casa como cuando era niño.
Todavía dormido o casi, cuando te asalta una alucinación hipnagógica, que no es una alucinación inducida por estar embartulado, ya que sos un niño y estas durmiendo, sino son esos sueños que te invaden estando entre el sueño y la vigilia alimentado por algún factor externo. En este caso el sueño era que estaba en boca de una caverna y se escuchaba un rugido de algún ser del averno. En realidad se trataba de tu papá que se había levantado para ir a laburar y en el baño se había mandado un eructo que rajaba los azulejos y a vos te hacía abrir los ojos.
En seguida venía tu mama, que dulcemente te decía levantate que se enfría el desayuno. Pero vos medio aturdido por el sueño y el eructo de tu papá no reaccionabas. ¡Rápido! te gritaba tu mamá que ya había dejado la dulzura en la bolsa de los ruleros y vos saltabas de la cama rapidísimo, mientras Hector Larrea, Rina Morán y Beba Vigñola se reían a carcajadas en su programa de radio homónimo. Y guay (que palabreja que desde que la dijo Evita, todas las madres la usaban con los mismos fines que la abanderada de los humildes) y guay que no te levantaras rapidísimo porque volvía tu vieja y te levantaba tirandote de las patillas y vos ibas a los saltitos hasta el baño tratando de minimizar el dolor.
Ya levantado, con la camisa mal abotonada, el corbatín con elástico medio ladeao, te sentabas a desayunar. Ilusionado encendías la tele, blanco y negro, y tras esperar que calentaran las válvulas, porque las teles de antes, como los coches, tenías que esperar que calentaran, no como ahora que todo es instantáneo. Tras esperar, desilusionado volvías a apagarla. En esa época de cuatro canales ninguno transmitía antes del mediodía. No como ahora que los pibes desayunan con Peppa Pig o Dora la Exploradora.
Tampoco los pibes de ahora desayunan como nosotros, en otros aspectos. Hoy los pibes eligen. Uno quiere te negro del Tibet, el otro cereales sin retenciones ni gluten, la leche tiene mas vitaminas que letras tiene el alfabeto, pero menos sabor que el agua. Eligen... en mi época minga! ibas a elegir. Lo único que podías elegir era no hacer ruido a la hora de la siesta un domingo, porque guay que despertaras a tu viejo de la siesta. Era como abrir las puertas del infierno que desataba una lluvia de ojotazos. Porque a finales de la década del 60 los padres no leían a Freud, ni cosas de psicoanálisis a menos que fueran hippies o de la Tendencia. No señor. Lo único que leían era tu boletín de notas que traía las mismas consecuencias que despertar a tu viejo de la siesta del Domingo.
Terminado el desayuno salías para el colegio. Dos calamidades te esperaban en la puerta del edificio donde vivías. El frío del invierno y el pelotudo del portero. El frío de antes de hacía doler las orejas y el portero te hacía doler los huevos. Todas las mañanas de lunes a viernes de Marzo a Diciembre durante siete años, el portero te hacía un chiste para reirse de vos que tenías que ir al colegio. Contra el invierno la única defensa era envolverse en la bufanda que te había tejido tu abuela, con esa lana que pica. Contra el portero nada. Masticar la bronca y quedarte con las ganas de decirle, voy al colegio para hacer algo, no como vos que no haces un carajo en todo el día. Pero era mentira. Vos querías ser como el. Es mentira que de chico uno quiere ser policía o bombero. Querés ser portero para no hacer una mierda durante todo el día y que te paguen. Para peor, los porteros como las calamidades vienen de a dos. En la puerta del colegio te esperaba el otro portero.
Te paraban en el patio, formado cual falange del Duce. Cantabas Alta en el Cielo, rezabas un Padre Nuestro y a desayunar, pero esta vez mate cocido con unas Manón, que siempre se hacían picadillo en los bolsillos. Tras este segundo desayuno al aula, donde el bullying no existía. No porque fueran los chicos mas buenos antes que ahora. Lo que no existía era la palabra bullying. Agradecele a Dios que la turba estudiantil no te creyera medio marmota. Creo que ahí radica todo el problema de la humanidad en las victimas del bullying. Porque esa gente mañana crece, accede al poder y sonamos.
Que tiempos aquellos. Suspiro al decirlo. Pero con Onganía no estabamos mejor. Seguro que a ese señor y otros compañeros de él que vinieron después, fueron todos victimas del bullying.