Hace algunas semanas me vi en la obligación de empezar a usar anteojos -para leer-, el reloj te esta diciendo que se empieza a escapar la letra chica.
Ya estoy grande, me dije, mientras miraba como me quedaban -los tuertos- pero no en un espejo, sino con la cámara reversible del teléfono celular.
En eso estaba cuando se coló la pregunta "¿para que era que queríamos ser grandes?"
Como todavía tenía el celular en la mano le mande un mensaje con la pregunta a mi amigo del alma; que con la claridad de un filósofo me dijo: "para coger". Sin embargo la pregunta buscaba una respuesta mucho mas pretérita y primordial.
Rápida y fulminante, como una trompada de Roberto Mano de Piedra Durán, llego la respuesta con olor a recuerdo y sabor a nostalgia. Ese recuerdo, esa respuesta, era la obligación de darle la mano a papá, mi viejo, para cruzar la calle. "Dame la mano --dijo-- cuando seas grande vas a poder cruzar solo"
Ya soy grande. Los anteojos para leer así lo sentencian, pero... desearía poder darle, otra vez, la mano al viejo...
Esa mano que me enseño tantas cosas, por las buenas y por las malas. Que me enseño a pescar, por ejemplo, esa mano que clavó mil y un pejerreyes por las lagunas de buenos aires.
Esa mano que nunca tembló.
Esa mano que laburó, laburó, laburó y laburó...
Para que quería ser grande... si ahora quiero volver a darle la mano al viejo una vez mas.