La muerte siempre nos conmociona. Nos
descoloca, nos moviliza. A todos, o casi todos, nos ha tocado vivir la muerte
de un padre, una madre, hermano o un amigo. Un ser querido como se lo verbaliza
desde un lugar común. Siempre he sido un tipo duro de lágrimas, tal vez por
haber sido criado en una época donde a los hombres no se les permitía llorar o,
tal vez, sea una cuestión de carácter. Sin embargo, hoy, tengo un nudo en la
garganta, ese preludio antes de la tormenta de lágrimas. Hoy se murió D10S. Hoy
se murió Diego, el Diez.
Ni siquiera hace falta nombrarlo por
su apellido, lo mismo sucede cuando uno dice “el General” o “el morocho del
Abasto”, no hace falta decir nada más. Y
no es casual. No me equivoco si digo que Diego está a la misma altura que Perón
y Gardel. Los tres tuvieron y tienen sus detractores, cada uno en lo suyo.
Todas las grandes personalidades los tienen. Imagino que quienes fueron
contemporáneos de la muerte de Gardel o Perón, deben haber sentido algo similar
a lo que siento ahora: una tristeza infinita por la muerte de alguien que no
era mi familia, solo un ser querido.
Es la segunda muerte de Diego que me
toca transitar, porque la muerte de Diego fue doble. La primera cuando Diego se
retiró de la práctica activa del futbol, hoy la definitiva, esa que es para
siempre.
Más arriba hablé de los detractores,
esos que siempre estigmatizaron a Diego por ser villero, porque no le
perdonaron jamás que alguien nacido en Fiorito les diga en la cara lo hijo de
putas que son. Diego siempre se le plantó al poder, y el poder le cayó con toda
su fuerza. El poder y sus empleados mediáticos, esos que practican el
lustrabotismo periodístico. No hace falta que los nombre, todos los conocemos,
enciendan la TV ahora y verán a muchos de ellos representando el papel de
conmovidos. Diego les sigue dando de comer aún muerto.
Pero a Diego nunca pudieron entrarle
desde lo futbolístico por fue el mejor jugador de futbol del mundo de todos los
tiempos. A Diego le entraron por sus errores como ser humano. ¿pero quiénes
somos nosotros para juzgar a otro ser humano? Porque Diego era eso un ser
humano. Diego les dejó a sus detractores la única ventana abierta por donde
podían entrarle, y le entraron y le dieron en el lugar que más le dolía: en el
Diego jugador de futbol. Mataron al futbolista y se olvidaron de la persona,
del ser humano.
Diego, el ser humano; Diego, la persona;
Diego el futbolista se nos fue y no sé cómo gambetear tanta tristeza, tanta
bronca porque se cortó el hilo de nuestro barrilete cósmico y remontó vuelo hacia
la eternidad.